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Jonathan Lucero Córdova
Alguna vez, en un hospital psiquiátrico, tuve la oportunidad de conocer un caso muy interesante. Se trataba de un niño en estado de absoluto mutismo, que vivía unido imaginariamente a una silla. Para ser precisos, el niño reconocía a aquel objeto como una parte de su cuerpo, por lo que nunca se desprendía de él. Algunos le llamaban “el Niño Silla”.
Más allá del interés en el caso desde el punto de vista psicológico, ahora me pregunto qué sucedería si el Niño Silla decidiera migrar ilegalmente a algún país de la Unión Europea. Pensemos: si fuera tratado como silla, tendría total libertad de ser movilizado por otros a cualquier rincón de la Unión, así como de ser comercializado, intercambiado y utilizado como el comprador considerase pertinente. Si, por el contrario, fuera tratado como un ser humano, sería apresado y deportado luego de pasar una breve temporada en alguna especie de campo de concentración, sin oportunidad alguna de buscar un trabajo honesto como medio para alcanzar días mejores. No podría moverse a ningún lado, ni poner a disposición de nadie sus habilidades.
La libre circulación de bienes y capitales como prioridad sobre la libre circulación de seres humanos plantea cuestionamientos de lo más extraños. Tal vez lo que el discurso de la época nos dice es que todos deberíamos adoptar un objeto bonito y brillante como parte de nuestro cuerpo, con el fin de tener un pequeño valor agregado para comercializarnos en el “Primer Mundo”.
Esta solución propuesta es, desde luego, ficticia. A fin de cuentas, el Niño Silla está encerrado en una institución, donde es tratado como parte del mobiliario. Pero desde esta perspectiva, se puede plantear una cuestión interesante: todo lo proveniente de zonas del mundo como Latinoamérica, tanto objetos como seres humanos, tiene algo en común: constituimos el ejército de elementos explotables del mundo posmoderno.
Del lado de los objetos, podemos ver que de nuestros territorios se extraen los más variados recursos naturales, que luego en el extranjero son comercializados y convertidos en bienes de compleja fabricación, que nos retornan diez veces más caros.
Por su parte, los seres humanos del tercer mundo son utilizados como mano de obra barata y desechable, cuya presencia en el primer mundo solo puede ser justificable ante los buenos ojos del Dios Mercado.
Parece una broma pesada: alguna vez, el hombre blanco tuvo más derechos que el hombre negro. Hoy en día, los bienes de consumo parecen tener más libertades que los hombres, sean estos blancos, negros, cafés o amarillos (aunque bien conocemos los tintes racistas y antisemitas de la época).
¿Qué falta en nuestro país para cambiar la historia de la explotación de recursos naturales? Tecnología. ¿Qué hace falta para cambiar el rumbo de la explotación humana? Educación. Son las únicas dos respuestas que nos pueden llevar a detener el aparentemente inexorable proceso de segregación, exclusión y exterminio que plantean los grandes grupos de poder a nivel mundial para la gran mayoría de habitantes del mundo. |