|
Rafael Polo Bonilla www.eltelegrafo.com.ec
La “directiva del retorno” hace legitima la expulsión, la cárcel y la discriminación étnica y cultural, pues legitima la barbarie nacida en la incomprensión europea hacia el otro no-europeo, al criminalizar al migrante, y, con esto, a sus mundos culturales.
Afirma la hegemonía del eurocentrismo, es decir, la creencia cuasi religiosa, por parte de los europeos, de considerarse lo más “avanzado”, lo más “civilizado” de las sociedades humanas, mientras que las demás, son consideradas como atrasadas o, simplemente, como “primitivas”. Es una política conservadora, racista y excluyente. Esta política anti migratoria es el arma más brutal y despiadada del biopoder contemporáneo, esto es, del poder que se ejerce sobre la vida, la movilización de las personas y la regulación de sus comportamientos. Este poder tiene la capacidad de decidir sobre cómo demarcar las fronteras, reales e imaginarias, y el tipo de “justificación racional” que requiere para hacerlo legítimo. Es una actitud totalitaria nacida de la democracia consensual.
Los fantasmas del totalitarismo no están en las democracias o en los “populismos” latinoamericanos, como cree cierta dogmática neoliberal, sino en la “civilizada” Europa. Después de Aushwitz se produjeron muchos otros “holocaustos”: la expulsión palestina de sus tierras por parte de los sionistas israelíes, con una justificación racional-religiosa, y como una manera de ‘limpiar’ la culpa por el horror nazi en la naciente Naciones Unidas; los gulags rusos, justificado por una racionalidad burocrática; la limpieza étnica en la guerra de los Balcanes, justificada en la racionalidad religiosa y nacionalista o la persecución de los gitanos -en toda Europa-, justificada en la necesidad de poseer una racionalidad estatal; la imposibilidad de comprender al otro no-europeo y el temor nacido de los prejuicios “racionales” –hacia los hijos de los “pueblos sin historia”, como decía Hegel- desde los cuales nos han valorado como irracionales, bárbaros, incivilizados. La “razón europea” lleva en su interior la fuerza de la barbarie.
Las justificaciones racionales de la “directiva del retorno” se presentan en el orden más brutal: el de la ley jurídica. Ésta impone la violencia como legítima y “verdadera”, y, además, en bien de todos… ¡de los europeos que forman parte de la comunidad europea! Estos países que defienden la democracia no hacen más que mostrar su verdadero rostro: la democracia solo puede existir mediante las exclusiones. ¿Dónde quedan los discursos de la “participación ciudadana” que han hecho circular por el mundo a través de las ONG que financian? ¿Se olvidaron de la tolerancia multiculturalista o ya se término la fiesta esteticista por el exotismo del “otro”?
Congruencia del civilizador europeo: nos expulsan de sus tierras pero explotan las nuestras con sus fundaciones y sus corporaciones transnacionales: económicas y culturales.
Adorno, el filósofo más importante de la teoría crítica, pedía a sus contemporáneos y a sus herederos, PENSAR para que otro Aushwitz no fuera posible.
¿Han comprendido este pedido desesperado y pesimista del filósofo emancipador? |