Las familias ya no reciben las remesas Imprimir E-Mail

El Comercio - Redacción Cuenca 

Las esposas de ecuatorianos que viajaron a EE.UU. y Europa en busca de mejores días ya no tienen recursos. Sus esposos ganan menos o fueron despedidos.

Pese a las adversidades, la azuaya Abelina Mayaguari, de 47 años, no se deja ganar por la desesperación. Se acuesta y se levanta rezando para que Dios bendiga a su esposo con un trabajo. Lleva siete meses viviendo de sus  familiares. Su cónyuge,  Ángel Nancipucha, de 49 años, vive hace cinco años en Nueva York, EE.UU. Y en los últimos ocho meses es como si viviera en un túnel frío y oscuro del que no encuentra salida.

Él es parte de los miles de emigrantes a los que la recesión  les pasa factura. Esto revela  la difícil situación de EE.UU. y Europa. El  tema es recurrente en  encuentros internacionales como el II Foro Iberoamericano de Migración y Desarrollo en Cuenca. En él se trató sobre crisis que afrontan los países de destino.

En varios artículos de Xavier Sala,  catedrático catalán en la U.  de Columbia, se destaca que el 2007 anunciaba lo que llamó la ‘tormenta mundial perfecta’. Una crisis enmarcada en atentados y  fenómenos naturales.

También se da porque los bancos hicieron préstamos hipotecarios a familias con poca capacidad económica. Esto provocó la caída de los precios de la vivienda en EE.UU. y España e implicó menos mano de obra en la construcción.

Brunson Mckinley, director  de la Organización Internacional para las Migraciones, lo corroboró. Dijo que en la diáspora laboral la construcción, fábricas y agricultura son  vulnerables. Y esos sectores concentran buena parte de emigrantes.   

Los hermanos Ramiro y Fredy Collahuazo, por ejemplo, desde el lunes pasado están en vacaciones forzadas. J&V Stone, una fábrica de muebles de mármol en Stamford, Nueva York,   les notificó  la suspensión  temporal. El argumento fue que los pedidos   se redujeron.
 Rodolfo García, de la U. de Zacatecas, México, comentó que en el campo  dan trabajo por meses y contratan a otros por menos paga.

Y Mckinley advierte  que la crisis pudiera extenderse a los países de origen por la reducción de las remesas. Ya casi no hay empleo en la construcción. Las fábricas cierran las puertas a los ‘sin papeles’, temen ser multados y la Policía  los busca como si ganaran por cada deportado, se lamenta Laura Muñoz, una joven madre cañarense.

Su esposo emigró hace dos años. El viaje lo pactó por USD 12 000 y tardó un mes en llegar a EE.UU. Los hermanos que  viven allá cubrieron los gastos. Un año y medio trabajó  como albañil en Nueva York. Mas hace dos meses debió cambiar de actividad y domicilio. Ahora  labora en el campo.  Con dificultad  envía USD 100 al mes, antes transfería  USD 1 000. 

Este país vive una crisis similar a la de Ecuador, comenta con asombro Rosa Maurisaca (40), madre de tres adolescentes. Su esposo Luis Daquilema (37) se fue hace 18 años y desde hace un año no le envía dinero. “Está enfermo y no tiene trabajo, es lo único que sé”.

Maurisaca está a punto de perder su casa construida con dinero de su esposo por una acelerada falla geológica. Ahora ella se gana la vida desherbando las huertas  vecinas. Así mantiene a sus hijos colegiales. En cambio, Abelina Mayaguari se estremece cada vez que suena el teléfono. Cree que le anunciarán la detención de su  esposo. Hace un mes fue deportado su cuñado y llegó con las manos vacías y apenado.

 

 
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